Brujería y crítica

Los futuristas querían incendiar los museos que asociaban con tumbas e inmovilismo. Sin embargo, nada más transformador que contemplar una obra de arte que estimula la imaginación y provoca cambios físicos en nuestro cerebro (por lo menos así lo explica Punset y yo siempre he notado que tenía como nubes en esa parte del cuerpo).

Los museos hoy quieren romper esa imagen que las vanguardias dibujaron y ser más participativos, menos elitistas y alineados con el poder, más cercanos, más democráticos, más educativos, más “dinámicos”. “The future of museums” y “Museum Next”, son los nombres de dos conferencias donde se evalúan y rastrean tendencias en políticas museísticas. Son dos títulos programáticos, que alumbran ese concepto de museo que camina hacia un ideal de participación y comunicación igualitaria. Así, lo mismo que en los documentales la voz autoritaria del narrador ha dejado paso a montajes más abiertos al diálogo y la contraposición de ideas, los museos postmodernos quieren dejar en sus narrativas un espacio a la controversia, al cuestionamiento de lo establecido y a la participación del público en la elaboración y selección de contenidos.

En esto último están teniendo un relativo éxito: las experiencias con el público seleccionando obras para exposiciones o interpretando el arte en audioguías como en el MOMA son muy satisfactorias para todos ya que construyen vínculos más sólidos entre la institución y su público, que toma un papel teóricamente más activo.

Sin embargo ¿es ese el camino para construir museos más críticos? Yo creo no. La inteligencia de la multitud podría en el futuro ayudarnos a encontrar poemas perdidos que ningún editor ha sabido o tenido tiempo de leer, músicas originalísimas o cuadros de gran intensidad expresiva ajenos a los circuitos culturales habituales porque todos los seres humanos están “equipados” para buscar y encontrar la belleza o lo artístico. Pero ¿cómo reconocer la valentía, el rupturismo, lo poco convencional si nos basamos en criterios como el gusto de la mayoría? Los expertos son necesarios. No me refiero a los jueces, como los que aparecen en los concursos de talento, tampoco a los divulgadores ni a los exégetas, sino a los gurús, a los visionarios y a los magos. Imagino a cada museo con su eremita residente, personas con una sensibilidad entrenada para la búsqueda de lo sublime más allá de cualquier racionalidad, canon, estética y moda (pero no ajenos a la moral). Reconozco que la categoría de lo sublime es bastante subjetiva: los postmodernos, por ejemplo, tratan de insertarla en la cotidianeidad, algo que no tiene mucho que ver con las visitas a museos, así que en este “post” me quedaré con un concepto romántico de lo sublime, entendido como algo que hiere y atrae, que asusta y deleita: que provoca.

Porque eso es lo que debería ser en mi opinión la experiencia museística de la que tanto se habla. Aprender, interpretar, leer en un museo no debería ser algo mecánico y sin emoción. Tampoco algo demasiado cómodo, unidireccional y fácil. La idea del estímulo-aguijón (el “punctum” de la fotografía para Barthes), un pinchazo de veneno destilado de la manzana de la ciencia puede oponerse a la de paraíso y a la del sueño tranquilo pero ¿acaso puede ser el museo otra cosa que un campo de manzanas infecciosas?

Manzanas mágicas cuyos componentes se ha encargado de analizar bien el antropólogo Víctor Turner y que tienen mucho en común con el ritual y con el teatro. Porque en el museo existen muchos artefactos preservados en vitrinas de Blancanieves que serían de gran utilidad en un conjuro. Hay museos que son invocaciones al espíritu de un escritor (en Edimburgo entre manuscritos y objetos personales podemos contemplar un rizo de pelo de Walter Scott), otros que exponen la arqueología de un país o los sueños de un pintor. Todos contienen objetos únicos que mantienen una relación de continuidad con lo que representan y provocan sensaciones de asombro, incredulidad y mareo. Haber sido dibujado por el patrón de la Santa María ocho años después del descubrimiento de América, convierten a la Carta de Juan de la Cosa en un mapa de un valor incalculable. De igual modo la experiencia de visitar las pinturas originales de Lascaux o Altamira no puede ser igual a la de visitar su réplica exacta moderna.

Y, aunque “parezca mentira” (haciendo alusión a mi anterior artículo en este blog), toda esta magia la perciben los visitantes, hasta los más pequeños. También lo perciben de una forma especial los actores. En el teatro en el museo, los actores encarnan a personajes reales. Tratan de revivir su forma de hablar, de moverse y de estar. Algo que en el guión no siempre puede especificarse. Los actores de teatro en el museo se “conectan” con el espacio y con los objetos como los brujos con sus artilugios mágicos.

Me lo contaba Soledad Solís, en la representación de monólogos de mujeres en América en el Museo Naval: “cómo me gustaría utilizar objetos reales… eso funciona”. Estoy segura de que sí, aunque el distanciamiento brechtiano, también lo hace. Porque lo que funciona del teatro en el museo y lo que lo convierte en un elemento de participación, cambio y crítica es que utiliza el cuerpo, las emociones humanas y los símbolos.

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