Juego con propósito

 ImagenJane McGonigal, sus distintos trabajos y su libro Reality is Broken: Why Games Make Us Better and How They Can Change the World son uno de los referentes más sólidos para entender qué son las estrategias de juego aplicadas a entornos como el educativo o el del cambio social. Por ejemplo, su juego para la New York Public Library “Find the Future” propone a los jugadores escribir las historias detrás de los objetos de la Biblioteca neoyorkina y el juego “Evoke”, creado para el Banco Mundial tiene el objetivo nada modesto de cambiar el mundo.

Me parece que los museos tienen tanto en el área de la educación “no formal” como en el del cambio social una importante labor que desarrollar (la semana pasada el Museo Nacional de Artes Decorativas publicó en “Arte y un café” esta interesante presentación, “El programa de responsabilidad social del MNAD”, respecto a lo segundo.)

Pero, a punto de terminar nuestra app-aventura para niños en el Museo Naval de Madrid, lo que nos ocupa en estos momentos es sobre todo la idea de utilizar los juegos para difundir contenidos educativos.

A través de McGonigal hemos conocido un instituto cuya objetivos son adivinar, predecir, intuir el cambio y la novedad. Es el Instituto para el Futuro, de Palo Alto, cuyos informes son un impactante oráculo moderno.

De su relativamente reciente trabajo “The Magic of Kidstech” especialmente me han interesado estas ideas, que traduzco y comparto aquí:

“Mientras que ampliar las funciones tradicionales de la escuela es importante, la educación deberá experimentar una reinvención más profunda si lo que desea es asumir los retos de las generaciones venideras. Esta reinvención puede implicar que los niños tengan más independencia, responsabilidades y oportunidades de aprendizaje auto-dirigido.  Puede ser tentador imaginar la infancia como un periodo sacrosanto de inocencia y juego. Pero la actual concepción de la niñez no ha sido siempre la dominante. La gente que ha crecido en países industrializados, por ejemplo, se sorprenden a veces al saber que sólo hasta hace pocas generaciones la armada británica enrolaba normalmente a niños de 10 a 12 años como oficiales.

Si como Albert Einstein dijo una vez “los problemas no pueden ser resueltos en el mismo nivel de pensamiento en el que fueron creados”, entonces los sistemas de aprendizaje que aseguren que los niños del futuro piensen distinto a los actuales habrán de ser potenciados. Emergerán nuevos tipos de mecanismos de educación institucional para cumplir este requisito. La tecnología hará posible un aprendizaje más autodirigido y una programación más flexible. Además, prometedoras experiencias sugieren que reestructurar los mecanismos de premio para que se asimilen menos a las notas y más a los premios de los juegos puede conducir a mayor implicación y mejor resultado.

Desde otra perspectiva, los adultos del mañana pueden necesitar pensar más como niños. El conocimiento que será necesario para navegar efectivamente en un mundo tan asombrosamente complejo no tiene precedente. Aunque parezca que los niños tendrán que “crecer rápido”, puede ser más beneficioso, de hecho, pensar como un niño más tiempo en la edad adulta. De hecho la plasticidad neurológica y los estilos de aprendizaje de un niño serviría a los adultos para relacionarse con un mundo rápidamente cambiante. La misión del Media Lab´s Lifelong Kindergarten Program del MIT, por ejemplo es inspirarse en las formas en que los niños aprenden y juegan en la guardería y aplicar esos principios a otras oportunidades de aprendizaje y aspectos de la vida”.

En la presentación del informe, el Instituto for the Future introduce algunos temas sobre los que conviene reflexionar. “¿Hará la constante mediación tecnológica niños (y futuros adultos) demasiado dependientes de programas e interfaces entre ellos y el mundo? Si vivimos en rutinas programadas y arquitecturas de elección, quién son los programadores y para qué nos programan?”, dicen.

Este planteamiento es un tanto acusatorio, aunque el resto del informe no lo es. De hecho habla de la “juvenoia”, el miedo exagerado a la influencia del cambio social en los niños y para demostrar que este rasgo no es algo nuevo hacen esta cita de Sócrates: “Los niños de hoy en día tienen lujos; tienen malos modos, desprecio a la autoridad, muestran poco respeto a sus mayores y les encanta la charla en lugar del ejercicio. Los niños son hoy tiranos, no criados”.

No obstante si hubiera que contestar la pregunta anterior, creo que los museos participativos pueden ser algunas de las instituciones más capacitadas para crear muchos programas.

Tampoco me ha gustado demasiado lo que sugiere este párrafo:

“Existe una creciente incertidumbre entre padres y profesores sobre las carreras y los modelos educativos futuros para sus hijos, especialmente en un mundo que cada vez más se divide entre “tienes” y “no tienes”. Los deberes para párvulos no son ya motivo de risa. Las presiones son demandas crecientes de “juego con propósito”. El juego con propósito reconoce la necesidad del juego pero intenta camuflar beneficios adicionales de carácter educativo, cognitivo, social o de salud”.

No creo en el juego con propósito camuflado. Creo en el juego con propósito sin más. Es posible que apps como la que estamos creando, que difunde contenidos propios del Museo Naval y que presenta, por ejemplo, la Carta de Juan de la Cosa como un puzzle en el que hay que completar algunos huecos, sea considerada como un juego que camufla el beneficio adicional de la información real. Pero, al igual que ya explicamos en otro post cuando hablamos del teatro en el museo, los niños son perfectamente capaces de diferenciar los distintos niveles y matices de realidad. Y también de saber por qué algo les llama la atención o les interesa. Saber que algo ocurrió realmente es un aditamento en sí. Igual que para todos  es más atractivo un puzzle de una obra de arte inspiradora que otro con un feo diseño lleno de clichés.

Buscar juego con propósito en estos casos es buscar una experiencia más placentera y enriquecedora en más niveles, no con un afán cuantificador sino de selección.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Totalmente de acuerdo con tus puntualizaciones al texto. Mi marido es artista de videojuegos y el tema del juego como fin en sí mismo es un must en nuestro hogar 🙂 Más allá de la idea del juego como pretexto siempre he creído en el juego -y el libro, la exposición, la canción, la vida en general- con valores conscientes de sí mismos. El juego no educa porque te enseñe cosas sin que te des cuenta, sino porque en su diseño y desarrollo residen unos principios inseparables de su esqueleto, una manera de construir la realidad.

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