Observaciones culturales al sol del Midi francés (I) El Museo Lapidario de Narbonne y los espacios para lo efímero

 

Es 14 de julio en Narbona. La luz del Mediterráneo inunda la bella ciudad francesa en la que sobresale, como una frágil y enorme araña de cristal,  la altísima catedral gótica. Los arbotantes flexionados, los muros de los edificios adyacentes, las piedras del canal de Midi, surcado por puentes y flores, brillan al sol en tonos muy claros, como en un cuadro de Dalí. Un coro vestido de rayas marineras entona himnos occitanos frente a un velero catalán en el canal mientras la bandera francesa ondea en el monumento a los héroes de la IIª Guerra Mundial.

Al lado, los clientes del mercado de hierro decorado con enormes reproducciones de fotografías antiguas, entran y salen con pescados, aceitunas y baguettes.

Nos refugiamos en una antigua iglesia convertida en Museo Lapidario. La iglesia, gótica, luminosa, acoge los restos de monumentos romanos de la ciudad. Son hileras de placas funerarias con inscripciones latinas, relieves de faunos, frisos decorados con toros y águilas y motivos vegetales.  No hay muchas explicaciones: una fotocopia en español (no quedan en francés, dice sin levantar casi la vista de su libro el taquillero).

El laberinto de piedras romanas me fascina. Intento jugar con los niños a identificar las formas inscritas en las piedras. Pero el juego dura apenas unos minutos: ellos han encontrado una ocupación mejor. El suelo de la iglesia desnuda y desacralizada está cubierto de arena. Una arena crujiente y fina sobre la que es posible dibujar con el dedo.

Los niños, rodeados de estelas funerarias milenarias, dibujan en la arena y el contraste es tremendo. No, no voy a sugerirles que imiten los motivos romanos. Es un momento de inspiración y de creación que no volverá a repetirse.

Cuando salgamos, unos extraños personajes con zancos vestidos a la moda romántica pasearán por las calles. Forman parte de un espectáculo musical sin argumento: cantan viejas canciones de Luis Mariano y caminan con sus piernas alargadas. Son los habitantes que corresponden a una ciudad de arquitectura marcada por la verticalidad. Y por las impresiones gigantes: además de las fotografías del mercado, una gran pancarta anuncia en la torre del ayuntamiento la programación cultural y decenas de lonas colorean el casco antiguo de la ciudad.

Me concentro en los anclajes de las lonas en los arbotantes de la iglesia que acoje el Museo Lapidario. No ha habido clemencia para las viejas piedras: se ha agujereado donde se ha necesitado. Pero si algo se observa en la mayoría de los monumentos que he visitado en Francia es que modificado, adaptado o “repristinado” el patrimonio se mantiene vivo. Así los niños juegan en la plaza sobre unas piedras descubiertas a un nivel inferior. Esas piedras son los restos de la vía Domitia, colocados en ese lugar hace 2100 años por los romanos. Si han resistido el paso de carruajes y soldados, de guerras y catástrofes ¿por qué no habrían de corretear los niños sobre ellas?

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