Secretos de avión

Hay pocas cosas que hacer en el aeropuerto de Charleroi si te equivocas con la hora de salida de tu vuelo y llegas demasiado pronto: admirar los tres únicos asientos abatibles en forma de tulipán colocados en la marquesina de entrada o sentarte en un bar a tomar un café. Si la equivocación ha sido grande, harás las dos cosas. C´est pas grave, puedes avanzar en el proyecto de aplicación que has venido a presentar a ese concurso europeo que no importa que otros hayan ganado porque sigue siendo un buen proyecto y que sí, es posible que necesite que alguien revise las cifras. Mirando atrás las últimas 48 horas han sido muy raras: la presentación, en medio de una música atronadora en un moderno “hub” bruselés con impecable servicio de catering, donde tanto el público como tú habiais de llevar cascos para escucharos, los nervios, la decepción: un generador de apps con plantillas para museos de ciencias naturales ha sido el ganador de tu categoría. Esto ha sido terrible porque vuestro proyecto te parece bueno, rentable y educativo. Aspiráis a transformar el móvil en una herramienta de exploración. Tenéis los personajes, las herramientas, las principales líneas de la red social… Ya habrá otra forma de sacarlo adelante, piensasmagritte.
Empiezas a escribir pero la conversación en español de los dos hombres de la mesa de al lado te despista. Vienen de hacer negocios. Son representantes de una casa de algo, creo que de zapatos. El más joven confiesa que ensaya en casa con clientes imaginarios. El mayor está en la cincuentena. Tiene un hijo intérprete de música clásica. Acaba de ganar sus primeros cien euros acompañando a su profesora. Al padre no le parece rentable.
-Hambre. Lo que le falta a mi hijo es hambre. Ya le he dicho: tendrás que hacer dos o tres actuaciones de esas al día para ganarte la vida.
En el fondo está orgulloso. Defiende la forma del hijo de acercarse a la partitura, fiel al sentido expresado por el autor. “A mí lo que hace Malikian, no me gusta”, dice.
Son malos tiempos para la lírica. Siempre lo son, pero ahora… Hambre, de esa hambre material de la que habla el representante de zapatos habrá pasado alguna vez mi vecino de asiento, ya en el avión. Vasile es rumano y conductor de camiones. Tiene un destello animal en la pupila que asusta. Ha sido imposible evitar ese contacto visual que tanto nos incomoda a los que tenemos un punto hikikomori. Al despegar el avión me ha sorprendido con una retahíla mascullada en el tono justo para llamar la atención. Ahora me cuenta que es la primera vez que sube a un avión. No me lo creo. Me halaga preguntándome si soy belga, cuando mi francés lo desmiente claramente. Quiere que hablemos. Se aburre y parece necesitarlo. Bien, una es periodista, antropóloga, mediadora de museos o lo que sea para lo bueno y para lo malo: adelante.

A Vasile, Bruselas no le gusta. Vive junto a la Gran Plaza y la cruza todos los días sin que le invada el síndrome de Stendhal que padecemos los turistas que por allí deambulamos como en sueños. ¿Los museos? Desde luego no los ha pisado. Su familia está en Rumanía. Tiene un niño que juega al fútbol.
Vasile ha debido de pasar hambre porque tiene las cosas de dinero tan claras como le gustaría al padre del músico que las tuviera su hijo. Estuvo unos meses en España pero se fue pronto porque le pagaban poco. Necesita cinco o seis mil euros al mes para pagar la casa con animales y los locales que tiene en Rumanía. En Bélgica estará un año o dos más para no tener que pedir ningún crédito y cumplir sus objetivos.
¿Qué piensa Vasile de la educación que recibe su hijo? Tampoco ahí duda este hombre de colonia mareante que acude a Madrid según él a “se promener” y como descubriré pronto a una cita romántica. Su hijo está teniendo una buena educación y él le proporciona todo lo necesario que, principalmente, es esto: tablets, ordenadores y móviles. ¿Qué hay de los cuentos y revistas en francés para reforzar el aprendizaje de otro idioma? (le enseño las que traigo en el bolso). Para Vasile todo eso pertenece al pasado. Además él jamás ha leído un libro…
Queremos que nuestra app tenga un atractivo masivo y escalable. ¿Qué opinión tendrá de nuestra app este Vasile? Ha llegado el momento del pitch, prepárate Vasile. Saco mi iPad y se lo cuento todo. Estoy muy orgullosa del desarrollo gráfico. El impacto es siempre positivo. Mi francés alcanza para explicarle la idea a grandes rasgos.
Muestra interés. Pero escaso. Estoy segura de que jamás la descargaría para su hijo. Muchos padres, como Vasile, parecen vincular directamente el aprendizaje con la posesión de un dispositivo móvil. El propio niño tendría que ser quien descargase nuestra app, por lo que es importante enfocar muchos esfuerzos de marketing a los propios niños. Y es complicado el marketing para niños de apps con fines educativos. Me gusta el enfoque de Dragon Box, la app que enseña algebra “secretamente”: para que una app se la bajen los niños no tiene que parecer educativa, pienso mientras veo a Vasile alejarse de la mano de una hermosa mujer mucho más alta que él.

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