Las instituciones culturales quieren ser inclusivas… ¿y su público?

http://www.janusfilms.com/redandwhite/
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Dice mi hija que el carnaval en Madrid es oscuro y triste, que la gente recicla los trajes de Halloween y las calles se llenan de espectros. Ella, para conjurarlos, se vistió ayer de “sombrerera loca” con todos los colores del arco iris y nos fuimos al cine Doré, la sala de proyecciones de la Filmoteca Española con su hermano y cuatro niños amigos de Lavapiés (el barrio mestizo donde vivimos y en el que se ubica el cine). La Filmoteca, al igual que muchas instituciones culturales de prestigio, realiza un esfuerzo por acercarse a todos los públicos y lleva ya años programando un ciclo para niños (“Cine para Todos” se titulan estas sesiones gratuitas para menores de catorce años).
Se proyectaban dos mediometrajes de los años 50 de Albert Lamorisse: “Crin-Blanc, le cheval sauvage” y “Le ballon rouge”. Era la primera vez que H., un niño de Senegal, el héroe del equipo de fútbol del barrio (los Dragones) iba a la Filmoteca. Los niños estaban felices. Eligieron la última fila, bajo los proyectores y esperaron señalando a los palcos como “el lugar en el que se sentaban los reyes”.
Ya había empezado la película cuando llegó un grupo de chicos un poco mayores que se sentaron, entre risas adolescentes, en la fila de delante alumbrados por la linterna de la acomodadora y sus “smartphones” encendidos.
Mi preocupación era que las películas engancharan a los chicos y reconozco que en ese momento tuve algún temor. Anticipaba algunas sorpresas pero estaba ansiosa por ver sus reacciones. La primera muestra de que el clima para ver la película era el adecuado había sido la exclamación sin tono de protesta de “¡es en gris y en negro!”. Después los comentarios en voz baja sobre la historia de amistad entre un caballo blanco salvaje de la Camarga y un niño disiparon cualquier temor.
Cuando terminó la primera proyección, los chicos preguntaron ansiosos si “había más”. En la fila de delante, los muchachos con gafas de pasta, pañuelos y melenas rizadas hablaban de lo interesante que sería organizar un cine-forum para teorizar sobre el filme.
Fue hacia el final de la segunda cinta cuando la oposición entre la última fila y la penúltima fue tomando un tono cada vez más hostil. Dos de las chicas giraron sus caras un par de veces. El precioso final de “El globo rojo” fue interrumpido por un estridente “¿son tuyos estos chicos? Porque ya es la segunda vez que me han dado”. Traté de acallar las quejas de unos y las protestas de inocencia de otros para desviar a la pantalla toda la atención y que los niños disfrutaran del colorido final. Al encenderse las luces una quinceañera intelectual y comprometida con lo público (“esto es un lugar público ¿sabes?”) se encaró con nosotros y me espetó “a lo mejor estos niños deberían aprender a ir al cine”. Me limité a observar que se trataba de una sesión infantil: necesitaba tranquilizar a mis chicos sulfurados por las exageradas acusaciones y bastante fuera de sí.
Por otra parte, sentía que la muchacha que erguía la voz con toda la autoridad moral de su educación desde la penúltima fila era tan incapaz de comprender… Ese “deberían aprender a ir al cine” lleno de suficiencia evidenciaba una vida de matinés, de rutinarias salidas al cine y al teatro los fines de semana, a los títeres del Retiro los domingos y a los conciertos para bebés.
No sé cuántos cine-fórums necesitará a partir de ahora la muchacha de gafas para conmoverse con los chicos protagonistas de las películas de Lamorisse. Chicos señalados, perseguidos, atacados irracionalmente por tener algo especial y puro. Chicos tan parecidos a H, quien es verdad que jamás va al cine, quien en sus pocos años acumula tantos hostigamientos y quien, igual que un héroe de Lamorisse tiene la admiración y con frecuencia la envidia malsana de quienes le ven jugar.
Tal vez dentro de quince años, en un cine-fórum, los chicos de la penúltima fila y los de la última hablen de esta película o de otra. Y todos intercambiarán ideas y experiencias. Y la chica de gafas, convertida en crítica cultural o en profesora de Arte entenderá por fin.
Pero no nos engañemos, esta situación es altamente improbable. H. no acudirá a ese cineclub en el que seguramente la chica de gafas tendrá un bonito discurso ya preparado de antemano.
Porque por más que exista alguna iniciativa por parte de las instituciones culturales por ser “inclusivos”, buena parte del público acude a los templos de la cultura no para reflexionar o compartir una experiencia, sino para sentirse exquisito y moralmente superior. Es un público que actúa como el más tétrico de los censores, como el represor más gris. Es el mismo público que he conocido vestido de pieles en el teatro, cuando le hacía alguna acotación, en voz casi inaudible, a mi compañero, ciego. Lo he soportado en las exposiciones al aire libre, en la terraza de la Casa Encendida, cuando me ha exigido sin amabilidad que los niños bajen la voz. Lo he sufrido en el Museo Arqueológico, cuando nos ha reprendido una y otra vez por tocar las cosas de las mesas táctiles… Y me ha perseguido con inusitada frecuencia viendo cine francés para niños en la Filmoteca.

Todas las veces he sentido cómo, muy a pesar mío, el rechazo de ese público espectral convertía la experiencia cultural en algo negativo. ¿Qué sentirá H.? Espero que las sorpresas, las historias, la belleza… le hayan cautivado. Tal vez algún día sienta que tiene algo que aportar a la conversación del arte y que esa resiliencia que posee haya anulado ya la censura sufrida. Aún así es casi seguro que no acudirá a la cita dentro de quince años. Y yo creo que tampoco estaré.

Confieso que cada vez tengo menos paciencia y que cada vez disfruto más yendo al fútbol (base, inclusivo).

(Sólo de pensar que esa chica de gafas podría haber sido yo…)

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