Museos dormitorio

¿Es más emocionante Londres que Madrid? Si la idea que nos formamos de estas dos ciudades partiese de la visita al Museum of London y al Museo de la Historia de Madrid respectivamente, la respuesta sería un abrumador “¡sí!”.
¿Cuál es la diferencia? La misma que existe entre una mariposa volando y otra sujeta con alfileres dentro de un bonito marco. Para comprobarlo sólo hace falta comparar las páginas de cada museo, algo a lo que invito al lector que haga por su cuenta pues lo que pretendo con este artículo es otra cosa: reflexionar sobre nuestra manera de concebir la cultura y las instituciones culturales.
Ayer visité el Museo de la Historia de Madrid y quedé impresionada con la espectacular reforma del edificio, un acierto sin duda que merecerá elogios de expertos en arquitectura y amantes de la noble y cálida madera.
Recorrí los tres pisos con mi hijo de ocho años sin encontrar apenas visitantes. Sí que había personal de sala. Al fondo de una de ellas, como la lira y el genio en el poema de Bécquer “del salón en el ángulo oscuro…” dormía un guarda profundamente. Contemplamos su sueño con simpatía. ¿Qué iba a hacer el pobre hombre hora tras hora allí encerrado? Un escritor podría dedicar sus horas de vigilante a dialogar con los cuadros o las vajillas. Un actor podría ensayar sus monólogos reflejado en la vitrina de un vestido, un bailarín podría ir contando pasos por las tarimas… pero un vigilante sin público ¿qué podría vigilar? ¿Acaso a sí mismo? Su inconsciente y sus sueños… Y estaba claro que así era.
El sueño del vigilante ha sido una de las pocas cosas dignas de relato para mi hijo y debemos de parecernos porque a mí, también. Antes de que empezara la crisis económica ya me parecía un signo de la decadencia de Occidente tener a guardias de seguridad en las bibliotecas públicas haciendo solitarios en el ordenador. O que se abriesen centros de interpretación y museos con un “mínimo” personal que era… el de seguridad. ¿No debería ser el personal mínimo de un museo el equipo de producción de significado y experiencias?
¿No debería el museo estar lleno de actividades vibrantes, que traigan la ciudad a su interior y al revés, el museo a la ciudad? StreetMuseum se llama la app del Museo de Londres y no, no estoy hablando de tecnología. Lo que se respira en el museo londinense es pasión por las historias y ganas de compartirlas: ilusión, actualidad.
¿Quiénes eran los visitantes del museo madrileño? El único grupo que vimos era de personas mayores. Es muy bueno que las personas mayores encuentren interesante el museo de la historia pero… ¿no podría la institución implicarlas un poco más? Quizás este sería el lugar perfecto para experiencias intergeneracionales, para la celebración de actividades donde los mayores puedan compartir entre ellos memorias de la ciudad, fotografía antigua, etc…
¿Es criticable que el museo no estuviera lleno de niños y turistas extranjeros? Yo creo que sí. El museo debería hacerse atractivo también para ellos y si el discurso museográfico no lo intenta, por lo menos los gestores del museo tendrían que promoverlo.
Seguramente abrir el bonito patio con fuente al público, a los talleres y a las actividades ayudaría a conseguirlo. También tener una tienda, una cafetería…
Por último, me pareció un símbolo del vacío y el absurdo al que nuestros gestores culturales nos asoman con frecuencia la exposición que ofrece el museo en la planta baja: “Buscando a Cervantes”, se llama. Allí se cuenta con fotografías y un documental cómo se buscó durante meses en la cripta del convento de las Trinitarias los huesos de Cervantes sin que finalmente se pudiese llegar a ninguna conclusión nueva sobre la identidad del escritor.
Un visitante mayor preguntaba sobre este hecho a una de las funcionarias del museo. Ella explicaba que había sido imposible cotejar el ADN encontrado. El señor movía la cabeza asintiendo, como quien no desea entrar en controversia. Los dos nos reímos al abandonar el museo. “Y todo el dinero que se han gastado”. El señor abandonó la sonrisa “es que hay gente que lo está pasando muy mal”, dijo.
¿Mamá, de qué conocías a este señor? me preguntó mi hijo. Y creo que ahí había una buena respuesta: vivo aquí, en esta ciudad, compartimos algo importante. ¿Podría un museo hacernos sentir esto en positivo? Tal vez en Londres…

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