Magia, compromiso y pinturas rupestres

En 1998 la UNESCO declaró Patrimonio Mundial el Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica. El Parque Cultural del Río Vero, en la comarca del Somontano, con pinturas en varios abrigos y cuevas, recibió así un gran impulso, que además fue refrendado por un plan de interpretación financiado por la Unión Europea. Proliferaron los centros museísticos, los diseños sofisticados, los audiovisuales y paneles. Muchas de las noticias del periódico local en el que trabajaba entonces en Barbastro iban referidas al “Territorio Museo” (así se llama el plan europeo, compartido por otros territorios de la antigua Corona de Aragón).

“¿Qué quedará de todo eso?” me pregunté este verano al regresar para hacer una visita con mi familia a las pinturas rupestres del río Vero. Temía lo que hemos visto durante estos años de crisis económica en tantos sitios: centros cerrados, proyectores sin bombillas, folletos obsoletos, etc. Pero lo que me encontré fue justamente lo que han anunciado siempre las campañas publicitarias provinciales: ¡”magia”!.

Fue en la visita guiada. Los abrigos que los hombres de la prehistoria eligieron para realizar sus pinturas están colgados en impresionantes peñascos excavados por el río Vero. Llegar hasta ellos es relativamente sencillo gracias a algunas intervenciones en el paisaje (barandillas, escaleras). Una vez en una de estas cuevas, metido en un espacio-frontera, un umbral entre el cielo y la tierra, entre la montaña y el vacío, con las huellas de un pasado remoto pintado en la pared y el río abajo, uno puede ya pensar que está viviendo un momento intensamente mágico.

Pero en este blog dedicado a la museografía lo que nos interesa es compartir lo que hizo nuestro guía, Nacho Pardinilla, para 1. no disipar esa sensación  y  2. avivarla.

En primer lugar articuló un discurso claro y científico sobre la prehistoria pero dejó espacio para elementos vinculados con las creencias populares de la zona (nos contó que los viejos decían que las puntas de flecha prehistóricas que encontraban en sus campos eran “puntas de rayos”).

En segundo lugar trajo consigo algunos objetos relacionados con la época prehistórica que podíamos tocar y, por último, mezcló ritualmente pigmentos reproduciendo algo que ocurrió en ese lugar miles de años atrás. Esa reconstrucción del pasado, (“reenactment” en inglés, tiene una interesante entrada en Wikipedia), me parece clave.

Mi hijo disfrutó echando saliva a la mezcla para conseguir el color rojo con el que Nacho le pintó la cara y yo pensé que estos rituales son los que convierten la experiencia turística en algo profundo: en un compromiso con el espacio y el momento. Más allá del ámbito educativo y del aprendizaje contextualizado y experimental del que por supuesto soy partidaria, existen impulsos trascendentales que nos mueven al viaje.

Mientras Nacho Pardinilla pintaba la cara del niño con ocre en aquella mañana de agosto, perfectamente visibles para nosotros y para los buitres, un grupo de homínidos vestidos de negro avanzaba en hilera, como hormigas, o como los hombres esquemáticos de las pinturas, por el río Vero. Eran barranquistas, seguramente franceses. De todas las edades. Turistas que igual que los que estábamos arriba y les contemplábamos, anhelaban vivir emociones y aventuras.

Amamos la belleza, el peligro y la magia. ¿Por qué deberíamos prescindir de estos elementos en nuestras visitas a sitios culturales? Necesitamos más guías sensibles y respetuosos con la magia, auténticos mediadores culturales con mucha formación y entusiasmo inagotable, como Nacho, que al mismo tiempo que nos cuentan una historia, sean capaces de implicarnos y comprometernos sacándonos de nuestra “zona de confort” si hace falta.

Nadie que participe en una recreación de una batalla desea morir en ella ni siquiera en la ficción (estadísticamente los que participan prefieren tener graduaciones altas y ser vencedores). Pero la mayoría está dispuesta a hacerlo para ser fieles al relato, para ser partícipes de la narración. Es arriesgado intentar implicar tanto a la audiencia pero, en el fondo, lo estamos esperando. Queremos experiencias transformadoras, que nos hagan crecer. Y esa “magia” la hacen las personas capaces de comunicar. 

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